Las profundas tierras de Maupassant

Guy de Maupassant fue un escritor prolífico. Tiene tantos cuentos que la edición completa de estos comprende unas 2700 páginas [1], por no considerar también sus novelas (otra edición recomendable es [2]). Es decir, un prolongado placer para el amante de la buena literatura. Los cuentos no son muy extensos por lo general; aunque, obviamente, los hay de todo tipo. Maupassant es un extraño ejemplar —y me pregunto ahora qué buen escritor no lo es o fue—. Lo que quiero decir es que los temas y enfoques en sus cuentos son muy variopintos, cual si en su cabeza hubiesen habitado diferentes conciencias, múltiples personalidades, con obsesiones, momentos y preocupaciones diversos. Si, por ejemplo, llega a mis manos un cuento de Chéjov o Poe que no haya leído antes, me extrañaría no reconocer al autor en él. Con Maupassant me sucede lo opuesto, que me es difícil abstraer una constante a tenor de los temas y la intencionalidad, quizá acaso lo pueda reconocer un poquito mejor por el estilo narrativo, por la forma de escribir, exponer o presentar el relato.

De todas formas, Maupassant es siempre un fino y excelso psicólogo; sus historias pueden ser naturalistas, aunque también uno encuentra en ellas a veces un romanticismo sin estridencia —o una mezcla de ambas cosas, si eso es posible—. La crudeza en lo sencillo, en lo pequeño, en lo cotidiano, pero también la belleza. Y, luego, esencial, la estética y el cuidado en la exposición, en el estilo, en la forma, que es un elemento definitivo para saber cómo el relato se hace a la piel del lector. Para ejemplo, el cuento de hoy. Juzguen ustedes mismos… Maupassant es pues polifacético, tan pronto disecciona la cruda realidad como explora temas de fantasía y terror. Quizá por ese motivo, mientras me es difícil leer un cuento de Chéjov del que no disfrute, con Maupassant la experiencia es más variable: algunos me encantan, otros me dejan indiferente, y otros simplemente no me gustan demasiado. Valga decir que, ya que cito a Chéjov junto a Maupassant, el ruso admiraba al francés.

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Chéjov (derecha) y Maupassant (izquierda)

Los datos biográficos de Maupassant no tienen desperdicio. Con él —aunque también con muchos otros, y creo que no se salva ninguno de los que hemos hablado hasta el momento— me acuerdo de lo que me dijo una buena amiga que me hablaba sobre su madre y lo que esta mujer deseaba para su familia. Por lo visto, decía: “¡Quiero hijos sanos, no escritores!”. En fin, si uno piensa en el caso que nos ocupa, no le falta su parte de razón. Aunque, antes bien y si se me permite generalizar, yo diría que los escritores, o acaso los más literarios, son los outsiders por excelencia de nuestra sociedad, de común sensibles observadores a los que quizá el mundo les duele un poquito más. Volviendo a Maupassant… Nuestro autor murió en un manicomio, al igual que su madre. En sus últimos tiempos su estabilidad mental sufrió un progresivo deterioro. De joven fue apadrinado por Flaubert. Era convencidamente libertino y promiscuo, sacrílego, misógino, morboso, insaciable en lo sexual, dado al alcohol, al opio y a otras drogas, activo deportista empero; solitario, depresivo, atacado por fuertes dolores de cabeza y trastornos nerviosos toda la vida. Intento suicidarse… Sin embargo, cuando escribe, a pesar de que el tema sea más o menos truculento, delicado o sombrío, la literatura es serena, sobria, casi sin excepción a lo largo de toda su obra. Me sorprende lo poco que le cuesta a Maupassant mantener la distancia e inyectar el justo aporte de emoción, pasión o entrega. Y siempre con un estilo sencillo y directo. Además, leí sus cuentos en orden cronológico a propósito, de esta forma pretendía ver si era capaz de captar cierta evolución psicológica en ellos. Para que entréis un poco más en el personaje, os refiero a una de sus citas más conocidas, aunque insisto en que con Maupassant tengo la impresión de que el hombre y el escritor eran dos personas distintas:

“Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad”.

Hay varios cuentos que podría destacar y que me impactaron hasta el punto de dejarme momentáneamente sumido en ese estado de autocomplacencia e iluminación que solo provoca el buen arte en cualquiera de sus variantes. Dura un breve lapso, me suele pasar viajando en algún medio de transporte, que es donde más leo. Cualquiera que me observe en esos momentos verá a una persona satisfecha, felizmente ausente. Ahí me siento por encima del universo y la humanidad, pero a la vez hermanado y en armonía con ellos. Embobado, pienso: “no se podría haber dicho mejor”.

Pero solo voy a comentar un cuento, no sabría decir si mi favorito, quizá… El cuento, del que he evitado mencionar el título hasta este momento, se titula el Aparcero y está disponible para descarga gratis en pdf desde aquí: [3]. Comentar este cuento es un reto, porque no deseo arruinar la experiencia de la primera lectura al que no lo conozca todavía. Mencionar demasiado sería un error. Es un cuento breve y tiene un gran ritmo, en el sentido en que la historia se va desplegando poco a poco y, es precisamente gracias a ese ritmo, que el relato alcanza tanta belleza. Prefiero pues despertar el deseo de leerlo, tentar y seducir, que no diseccionarlo. Vamos a ver si lo logro.

En el relato hay cuatro personajes principales. Es un clásico ejemplo de cuento dentro de cuento; es decir, el narrador crea y sitúa al lector en un escenario que dice haber vivido. Describe el lugar, introduce el espíritu. Maupassant lo hace de forma magistral. Un ejemplo:

“Entramos en la alquería. La cocina ahumada era alta y espaciosa. Los objetos de cobre y las lozas brillaban, iluminados por los reflejos del hogar. Un gato dormitaba sobre una silla; un perro dormía debajo de la mesa. Olía, allí dentro, a leche, a manzana, a humo y a ese olor innombrable de las viejas casas de campo, olor a suelo, a paredes, a muebles, olor a viejas sopas derramadas, a viejos fregados y a viejos moradores, olor a bestias y a personas mezcladas, a cosas y a seres, olor del tiempo, del tiempo pasado.”[3]

Me gusta de forma particular este párrafo —aunque es extensible a toda la primera parte— porque crea una atmósfera que va a rodear a los personajes y acompañar el sentir del cuento como su alma. Es el marco de la pintura, que posee un espíritu lento y melancólico. Ese espíritu lo impregna todo, va más allá del cuadro, es el sentir de Maupassant, quien parece posar la pluma sobre el vientre al escribir; el espíritu se extiende en la esencia de la historia y alimenta la personalidad de los personajes.

En el cuento, el narrador principal se halla junto a un amigo, un barón. Con curiosidad observa el respeto y la cordialidad con la que el barón se relaciona con su aparcero y le pregunta sobre ello. El barón relata entonces la historia, pasando a ser el segundo narrador. El cuento obtiene así dos niveles narrativos, y ambos son necesarios, pues la historia debe ser entendida desde varias perspectivas y vista desde los ojos de todos los personajes. El aparcero es un cuento precioso, entrañable, pero también muy triste. Los personajes, los cuatro, son personas tranquilas, moderadas, tímidas, educadas e íntegras. La fatalidad, si es que ocurre, viene de la propia e inevitable condición humana, de su capricho, de los inevitables conflictos intrínsecos al hombre y la mujer que, aun sin mala intención ninguna, se crean por la simple interacción, debido a intereses, momentos, dificultades para comunicarse o bien la incapacidad natural para ver lo que sucede en los demás. No es culpa de nadie, las cosas solo son así.

Especial atención merecen ciertos detalles: el respeto que se prodigan cada par de personajes, cómo se ven entre ellos, cómo se miran en silencio. Admirable es cómo Maupassant nos muestra cómo pueden llegar a vivir sus pasiones algunas personas de carácter sensible e introvertido. Personas de pocas palabras, no acostumbradas a hablar de sentimientos y, quizá, ya por su condición o naturaleza, de un temperamento débil y suave que no se toma derechos.

Acabo con una última cita, elegante y perfecta, que son las dos frases con las que concluye el cuento, con el deseo de que sea también un bonito cierre para este artículo:

“Desde entonces, vuelvo aquí todos los años. Y, no sé por qué, me siento turbado como un culpable delante de ese hombre que tiene siempre el aire de perdonarme.”[3]

[1] Cuentos completos (Páginas de espuma, Madrid, 2011) de Guy de Maupassant
[2] Cuentos esenciales (Literatura Random Hause, 2008) de Guy de Maupassant
[3] El aparcero

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